Hagamos todo desde el corazón.
Todo lo que hacemos para Dios tiene valor eterno porque Él nunca pasa por alto el esfuerzo, la fidelidad o la dedicación de Sus hijos. Por eso, nuestro servicio debe ser hecho con pasión, excelencia y un corazón dispuesto, sabiendo que el Señor ve lo que hacemos, cómo lo hacemos y la verdadera motivación de nuestro corazón.
Cuando nos damos cuenta de esto, dejamos de vivir vidas conformes y comenzamos a hacer cosas que nos ayuden a crecer, prosperar y dar más al Reino. El conformismo sofoca la pasión y nos lleva a hacer las cosas de forma rutinaria y sin excelencia.
No permitamos que la voz del desaliento o de la mediocridad limite lo que Dios quiere hacer a través de nosotros y hagamos todo con amor por él, porque él honra a quienes le sirven con amor y perseverancia y quienes se entregan a su presencia y trabajan por su obra con corazón sincero nunca son respondidos.




