Recogemos las señales que no podemos ver.
Este año, 51 mujeres dominicanas murieron a manos de sus parejas o exparejas. El pasado mes de julio la cifra era 28. Cincuenta y una veces alguien tuvo que identificar un cadáver, cerrar un ataúd, explicar a un niño por qué su madre no regresaba.
Yanina Fondeur, presidenta de la Fundación Vidas Sin Violencia, lo confirma con un dato que debemos frenar: un aumento de más del 80% respecto al año pasado en esta misma fecha. Sólo en julio, ya son cuatro.
Estas no son estadísticas abstractas. Tienen nombres. Miguelina Uribe Recio, de 25 años, sobrevivió a un ataque con cuchillo en Santo Domingo Este el 1 de julio; Su expareja fue arrestada unos días después.
El clarinete Essencio no corrió la misma suerte: perdió la vida en San Cristóbal, probablemente a manos de su compañero. Cada nombre es un aviso que llegó tarde, o que nadie supo leer a tiempo.
Ese patrón se repite
Esta semana todo el país hablaba de Marie Claire González, la influencer y empresaria panameña que falleció semanas después de denunciar en sus redes abuso emocional con su expareja.
Su caso no fue clasificado como feminicidio (las autoridades panameñas todavía están investigando las circunstancias de su muerte), pero sin darse cuenta nos enseñó una lección que se aplica igual de bien a lo que experimentamos en la República Dominicana: el abuso psicológico rara vez viene solo.
Es la antesala silenciosa de historias que luego terminan en titulares que catalogamos como feminicidio.
Marie Claire describe con precisión los síntomas: humillación disfrazada de broma, desapego progresivo, "estás exagerando" que desestima el dolor, desgaste que pasa desapercibido porque la víctima sigue sonriendo, trabajando, inspirando a los demás.
Las mujeres dominicanas que vienen a apoyar la fundación describen una y otra vez cuando ya es demasiado tarde.
Y he aquí el dato que más me preocupa: Según estadísticas oficiales, sólo el 13% de las víctimas de feminicidio en el país lo denunciaron antes de morir. No porque no hubiera señales. Porque no fueron escuchados o el sistema no llegó a tiempo.
Lo que funciona (y debe multiplicarse)
No todo es peligroso. La República Dominicana cuenta hoy con herramientas que antes no existían: "puntos de vida" en bancos, farmacias y tiendas donde una mujer puede buscar ayuda con seguridad; unidades especializadas de la Policía Nacional que investiguen con mayor rigor estos casos; Y un nuevo código penal que, a partir de este año, tipifica el feminicidio como un delito independiente, con una definición clara: la muerte de una mujer por el hecho de ser mujer.
Ése es un verdadero progreso. El problema no es la falta de leyes o reglamentos; La cultura que crea estos fenómenos –las estrategias estructurales, la normalización del control, el complejo silenciamiento de quienes ven las señales y eligen no participar– tiende a moverse más rápido que las instituciones.
¿Qué debemos hacer cada uno de nosotros?
Detectar un rastro de maltrato psicológico en la persona que tenemos al lado –una amiga, una hermana, un colega– es no involucrarnos en lo que no es importante para nosotros. Es, muchas veces, el único aviso que tendrá la mujer.
Los signos no son sutiles cuando aprendemos a verlos: aislamiento progresivo de amigos y familiares, vigilancia constante disfrazada de "ansiedad", disculpas después de cada episodio controlador, miedo de "molestarlo". Nombrarlos en voz alta en la mesa familiar, en grupos de amigos, en redes es parte de la resistencia.
No escribo esto para crear miedo. Escribo esto porque cuanto más compartimos cada imagen con nombres y contexto hoy, menos posibilidades tiene la sociedad de decir "no lo vimos venir".
Las señales estaban ahí. La cuestión es que esta vez decidimos visitarlos.




