ENTRETENIMIENTO

Para salvar a niños y niñas, debemos fortalecer nuestras familias y comunidades

A lo largo de los años, hemos invertido muchos de nuestros esfuerzos en fortalecer la respuesta de seguridad institucional. Quizás sea hora de preguntarnos si estamos dedicando la misma energía a fortalecer el estado general de resistencia.

Entiendo que ningún fenómeno social puede entenderse de forma aislada. Los hijos y las hijas no existen fuera de la familia; Las familias no están separadas de sus comunidades; Las comunidades no existen separadas de las instituciones gubernamentales. Cuando uno de estos componentes se debilita, los efectos se extienden por todo el sistema.

A menudo asignamos a una sola organización la responsabilidad de resolver problemas que en realidad son el resultado de múltiples causas acumulativas. Esperamos que el CONANI aborde situaciones derivadas de la pobreza, la violencia, la exclusión educativa, la inseguridad de los servicios de salud mental, la desigualdad regional o la ausencia de redes de apoyo comunitario; Sin embargo, ninguna institución puede reemplazar lo que la sociedad ha construido.

Pensar en seguridad significa que la seguridad infantil depende de todos y que un entorno protector es aquel donde los niños y las niñas pueden desarrollarse libres de violencia, pero donde tienen acceso a la educación, acceso a la salud, apoyo emocional, participación social y relaciones significativas que fortalezcan su bienestar.

Teniendo esto en cuenta, les comparto 10 recomendaciones que pueden garantizar la no recurrencia en casos de falta de seguridad dentro y fuera de la residencia o domicilio de tránsito:

Primero, fortalecer los programas de apoyo familiar antes de que la separación familiar se convierta en la única opción viable. La mejor protección infantil será una familia que tenga las condiciones sociales, económicas, psicológicas y culturales necesarias para cuidar.

En segundo lugar, aumentar la inversión pública en salud mental comunitaria, en particular para niños, adolescentes y cuidadores. Muchos de los factores que en última instancia crean una falta de protección tienen un importante componente emocional y psicosocial que generalmente se aborda demasiado tarde.

En tercer lugar, crear un sistema nacional de detección temprana que reúna a escuelas, centros de salud, gobiernos locales, organizaciones comunitarias y agencias de seguridad para identificar señales de riesgo antes de que se conviertan en situaciones críticas.

Cuarto, ampliar significativamente el programa de familias de acogida, para que más niños y niñas puedan crecer temporalmente en un entorno familiar mientras se resuelven sus procesos de protección, reduciendo así la necesidad de institucionalización prolongada y aumentando la corresponsabilidad social.

Quinto, fortalecer los programas preparatorios para la vida independiente dirigidos a los adolescentes que saldrán del área residencial, asegurando educación, formación técnica, empleo, vivienda y apoyo emocional a través de la coordinación con todas las instituciones que forman parte del sistema de protección durante la transición a la edad adulta, educación, formación técnica, empleo, vivienda y protección durante la transición a la edad adulta.

Sexto, profesionalizar permanentemente al personal que trabaja en espacios residenciales administrados por el CONANI y/o organizaciones de la sociedad civil, incluyendo capacitación especializada en trauma, salud mental, métodos participativos, reparación de daños, resolución de conflictos, métodos de derechos humanos, igualdad de género y participación infantil.

Séptimo, establecer procesos periódicos e independientes de supervisión y evaluación de los centros residenciales, encaminados no sólo a verificar la infraestructura y los procedimientos, sino también la calidad de las relaciones, el bienestar emocional y la protección efectiva de los derechos de quienes allí habitan.

Octavo, garantizar espacios reales de participación infantil en hogares de transición y otros sistemas de cuidado alternativo, para que niños y adolescentes puedan expresar sus inquietudes, identificar alertas tempranas de riesgos, hacer recomendaciones y participar en decisiones que afectan su vida diaria.

Noveno, reducir el tiempo administrativo asociado al proceso de protección. Cada expediente retrasado representa un día, una semana o un mes adicional de institucionalización que podría haberse evitado mediante una mejor comunicación interinstitucional.

Y décimo, desarrollar una política nacional para prevenir el abandono infantil que ponga a las familias y comunidades en el centro de la respuesta pública, entendiendo que la protección no comienza cuando un niño ingresa al CONANI, sino muchos años antes.

Conan

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Redacción - ACN

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