ENTRETENIMIENTO

Cuando la selección era el símbolo del Estado: de Pelé y Maradona a Messi y Neymar

América Latina 21

Ana Teresa Duarte/Latinoamérica21

En Brasil y Argentina, en el siglo XX pocas instituciones formaron integraciones simbólicas comparables a los partidos nacionales. En una sociedad plagada de desigualdad regional, fragilidad institucional y problemas de integración regional, la Copa del Mundo ofrece una experiencia excepcional de pertenencia colectiva.

Esta experiencia tuvo implicaciones políticas, ya que el fútbol, ​​la televisión y el Estado operaron dentro del mismo marco mediador. Si bien los símbolos colectivos se difunden a través de unos pocos medios de comunicación importantes, los gobiernos pueden asociar el éxito deportivo con la legitimidad política.

Varias personas ondean banderas iraníes prerrevolucionarias durante una protesta frente a un estadio de Los Ángeles.

El Brasil de los años 70 fue un claro ejemplo. La expansión de la televisión pública permitió a la dictadura militar combinar las emociones generadas por Pelé con una imagen optimista del país. El tricampeonato estuvo asociado al crecimiento económico, la modernización y la integración regional. La elección redujo la representación del propio Brasil.

Esa operación fue posible porque todavía existía una esfera pública relativamente centralizada. La televisión ha organizado una buena parte de la conversación nacional y nos ha permitido estabilizar significados compartidos sobre nuestra comunidad política. Existieron divisiones sociales y regionales, pero estaban subordinadas a una narrativa común de identidad nacional.

Argentina operó bajo la misma lógica en 1986. La derrota de las Malvinas provocó una crisis militar y un caos en la autoridad estatal. El partido contra Inglaterra se convirtió en una continuación simbólica de la guerra de 1982, cuando Maradona redujo una representación nacional-popular basada en la soberanía, la oposición al poder central y la identificación plebeya. Su centralidad política deriva de su capacidad para reconstruir la relación entre el pueblo, el Estado y la identidad nacional.

En la década de 1990 cambiaron las condiciones que hicieron posible esta relación entre fútbol y legitimidad estatal. La fragmentación de la esfera pública cambió la forma en que circularon los símbolos nacionales y adquirieron significado político. La televisión casi automáticamente ha dejado de ser el centro de la conversación pública. La expansión de las plataformas digitales, los mercados globales y el entretenimiento transnacional ha difundido los procesos de identificación colectiva. Existieron experiencias simultáneas de la Copa del Mundo, pero se hizo más difícil estabilizar una interpretación común de su significado político.

El conflicto entre Javier Millei y la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) personifica esta transformación. El conflicto ya no se trata principalmente de apropiarse simbólicamente del partido nacional, sino más bien de controlar una estructura clave que crea legitimidad cultural en la sociedad argentina. La capital simbólica del fútbol sigue siendo enorme, pero hoy es

Distribuido entre federaciones, plataformas, patrocinadores, clubes europeos y actores políticos competidores.

Messi pertenece plenamente a este nuevo escenario. Su legitimidad deportiva se construyó fuera de Argentina y su consagración a Qatar 2022 ha reconstruido una simultaneidad colectiva poco común en la vida pública de un país polarizado. La movilización de títulos mundiales, sin embargo, fue promovida dentro de una estructura mediadora más fragmentada que durante la era Maradona, lo que limitó la capacidad del Estado para incorporar ese capital simbólico.

Brasil ofrece quizás el ejemplo más visible de este cambio. Durante décadas, las camisetas de los equipos fueron los símbolos más inmediatos de la identidad nacional compartida. Sin embargo, desde 2018 la tradicional camiseta amarilla se ha asociado fuertemente con el bolsonerismo y ha perdido parte de su poder unificador.

El efecto se vio en los dos últimos Mundiales, cuando muchos aficionados empezaron a vestir camisetas azules para evitar la identificación política. Los datos revelan hasta qué punto el fútbol todavía produce pertenencia colectiva, pero ya no logra movilizar simbólicamente a la nación como lo hizo durante gran parte del siglo XX.

Pelé y Maradona surgieron en un contexto en el que el fútbol, ​​la televisión y el Estado todavía operaban dentro de un marco nacional relativamente unificado. Messi y Neymar son de otro mundo. Uno en el que el fútbol conserva su capacidad de movilización emocional, pero ya no permite a los estados estabilizar políticamente su significado.

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Redacción - ACN

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