Regionalismo latinoamericano 2026: resiliencia adaptativa frente a divisiones políticas
María Victoria Álvarez/Latinoamerica21
El estado actual del regionalismo en América Latina ya no puede explicarse adecuadamente en términos de "crisis". Este concepto involucra al menos dos elementos: un carácter temporal y una emergencia. Ninguna de estas dos condiciones parece describir la situación actual del regionalismo en América Latina. Lo que se observa ya no es un episodio crítico excepcional o momentáneo, sino una condición prolongada de capacidad reducida para actuar frente a crisis internas y divisiones políticas.
Las formas limitadas y adaptativas de regionalismo que han logrado consolidarse en la región no ignoran esfuerzos valiosos, aunque tímidos, para dar continuidad a la cooperación regional en áreas específicas, como la promovida por el Consenso de Brasilia. Pero creemos que el debate actual debe desplazar el eje analítico del concepto de "crisis" a otros dilemas, como el dilema entre resiliencia e inercia. Estos dos conceptos suelen confundirse, pero se refieren a fenómenos diferentes. La inercia es meramente persistencia pasiva, continuidad sin transformación significativa y producción de resultados significativos con pocas posibilidades de persistencia institucional. Por otro lado, la resiliencia se refiere a la capacidad de adaptarse a contextos adversos a través de procesos de ajuste institucional. Es más que sólo supervivencia.
Lo que emerge es esencialmente un regionalismo adaptativo. Quizás el término no sea grandioso, pero captura una característica central del momento actual: organizaciones que buscan preservar un nivel mínimo de coherencia política y viabilidad institucional frente a la fragmentación ideológica y las crecientes tendencias hacia el unilateralismo, trascendidas por alineamientos geopolíticos externos.
El caso del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) es ilustrativo. La reforma del “Reglamento sobre integración, quórum y toma de decisiones de los órganos regionales, y paradigma del SICA”, aprobado en abril de 2026 sin la presencia de Nicaragua, se presentó como una medida encaminada a liberar la parálisis institucional relacionada con el veto permanente del Secretario General de Managua. El puesto está vacante desde 2023 luego de que varios países rechazaran a los candidatos nominados por Nicaragua, estrechamente vinculados a los regímenes de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Nicaragua se retiró temporalmente del SICA en 2024 por disputas sobre la secretaría general. En cualquier caso, el SICA continúa trabajando a través de procesos de cooperación técnica en áreas como salud, agricultura, digitalización o gestión de riesgos, como muestra de que, incluso en el contexto de fuertes divisiones políticas, las áreas funcionales de la cooperación regional pueden seguir siendo relativamente viables.
Las reformas, que flexibilizan las reglas de quórum y votación, constituyen una innovación importante en una región históricamente aferrada al consenso y al consenso. Sin embargo, refleja una paradoja: puede verse como una señal de resiliencia institucional al evitar bloqueos permanentes y limitar los vetos paralizantes, aunque no responde a la lógica de la profundización supranacional, sino que se adapta a la incapacidad de los mecanismos tradicionales para procesar continuos conflictos políticos.
La situación andina revela otra dimensión importante del problema: incluso los esquemas relativamente institucionalizados muestran dificultades para disciplinar el comportamiento del Estado. La Comunidad Andina (CAN) ordenó recientemente a Ecuador y Colombia desmantelar los aranceles y restricciones comerciales mutuas implementadas a partir de diciembre de 2025. Sin embargo, ambos gobiernos interpusieron recursos contra la resolución andina, prolongando así la disputa. Actualmente, la Secretaría General de la CAN tramita impugnaciones derivadas de conflictos por impuestos y restricciones al comercio bilateral emprendidos por los dos países.
Aunque la CAN intervino formalmente para hacer cumplir las regulaciones andinas, la disputa puso a prueba los límites de ese institucionalismo: Ecuador y Colombia priorizaron agendas nacionales y disputas personales que reflejaban el alineamiento de la región. Las decisiones de Ecuador y Colombia, primero, obstaculizando el comercio bilateral con medidas restrictivas y luego, apelando a resoluciones andinas, muestran la dificultad de los organismos regionales para garantizar el cumplimiento efectivo de sus decisiones, incluso en el caso del libre comercio intrarregional. Además, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, incluso ha sugerido la posibilidad de salir de la CAN y reorientar las prioridades estratégicas de Colombia hacia otras instancias regionales, particularmente el Mercosur. Aunque la Declaración tiene un claro componente político colectivo, revela que, incluso dentro de uno de los proyectos regionales históricamente institucionalizados, el ejercicio de la autoridad colectiva depende de la existencia y expresión de intereses comunes y se ve obstaculizado por divisiones ideológicas.
El regionalismo latinoamericano hoy parece estar operando en un contexto menos orientado hacia proyectos de integración profunda a gran escala y más centrado en fortalecer la capacidad de gestión política, la resolución de conflictos y la preservación del espacio para la coordinación regional. En este marco, la reforma del SICA puede interpretarse como un modelo de adaptación institucional a una situación crónica de bloqueo decisional. La flexibilización de las normas permite desbloquear una parálisis que amenaza la viabilidad de la organización, abriendo el camino a la elección de un nuevo Secretario General.
De manera similar, la intervención de la CAN en la disputa arancelaria entre Ecuador y Colombia muestra que los mecanismos regionales aún conservan cierta capacidad para mediar en disputas interestatales. Sin embargo, el cumplimiento es difícil de lograr.
Las resoluciones andinas también muestran que este poder es limitado y altamente dependiente de la voluntad política del gobierno involucrado.
La cercanía de gobiernos como Buquel, Noboa, Laura Fernández o Mulino con la segunda administración Trump, la tensión cada vez más visible con liderazgos de signos opuestos -como el conflicto entre Noboa y Petro- sugieren que estas opciones ideológicas también se proyectan sobre el regionalismo latinoamericano. Más que una simple diferencia en la orientación política, profundiza las divisiones regionales y apoya formas de cooperación cada vez más influenciadas por alineamientos geopolíticos externos.
En resumen, tanto la reforma del SICA como las acciones de la CAN sugieren que el regionalismo latinoamericano contemporáneo no puede entenderse en términos de crisis. Si bien la región parece haberse alejado –al menos por el momento– de los ambiciosos horizontes de la integración, el regionalismo sigue demostrando capacidad de adaptación y resiliencia. Estos esquemas parecen haberse reconfigurado hacia modos de cooperación más flexibles y pragmáticos, destinados a preservar la gobernanza regional en un contexto político fragmentado y polarizado. La pregunta central, por lo tanto, no es si estas instituciones sobrevivirán, sino si esa resiliencia adaptativa puede eventualmente convertirse en la base para reconstruir formas más fuertes y efectivas de gobernanza regional.




