ENTRETENIMIENTO

Las marcas dominicanas ante la crisis: entre bienes personales y deberes sociales

Un país bajo presión y un sector privado que mira de otra manera

En el actual entorno competitivo dominicano –caracterizado por tensión, ansiedad, instituciones débiles, consumidores sin inspiración y un gobierno que tolera las malas prácticas de las grandes marcas que muestran con orgullo su influencia económica y política– la mayoría de las empresas nacionales parecen convencidas de que su única responsabilidad es crear riqueza material, crear empleos y cumplir con sus obligaciones tributarias.

En los países desarrollados, las marcas invierten mucho en fortalecer sus intangibles: reputación, credibilidad, confianza pública, licencia social, capital relacional y legitimidad. Y cuando surgen crisis sociales, económicas, políticas o ambientales, generalmente se responde con acciones concretas. Son marcas que entienden que su responsabilidad no termina en el equilibrio financiero.

En República Dominicana, sin embargo, el contraste es evidente. Si bien varias clasificaciones reconocen los atributos positivos de las marcas locales (liderazgo, innovación, confianza del público), su compromiso social es débil. Todo indica que, en el ADN de muchas grandes empresas, existe un paternalismo estatal que sólo rechazan cuando no favorece sus intereses.

Mientras tanto, la sociedad dominicana enfrenta incertidumbre en términos de servicios públicos, falta de educación y seguridad social, ausencia de educación vial y tensiones derivadas de eventos globales. En medio de esta agitación, el presidente Luis Rodolfo Abinada observa solo a Corona, mientras el capitán Edward John Smith observa el hundimiento del Titanic. La denigración de la oposición, la banalización de las grandes marcas y la miopía selectiva de diversos sectores olvidan que República Dominicana no es propiedad exclusiva del presidente Abinada.

Conmociones globales, medidas de emergencia y negativa a sacrificar partidos

Los shocks externos no son nuevos. La guerra entre Rusia y Ucrania en 2022 y la crisis de Oriente Medio en 2026 obligaron al gobierno a elaborar planes de emergencia para proteger la economía nacional. Aunque los diagnósticos fueron similares (aumento de los precios del petróleo, presiones inflacionarias y amenazas a la canasta básica), las respuestas revelaron un cambio en la filosofía de acción del Estado.

Ante la crisis Rusia-Ucrania, el presidente Abinada implementó un plan de 10 pasos que incluía subsidios al combustible, asistencia al transporte, reducciones arancelarias para bienes esenciales, subsidios a las materias primas, aumento del gasto social, políticas de subsidios focalizados, coordinación interinstitucional para controles de precios, promociones, promoción de líneas de crédito bancario y facilidades bancarias de Fairault Princess.

El plan también contemplaba una reducción del 50% de los fondos públicos destinados a los partidos políticos. Como era de esperar, la oposición rechazó la propuesta, quejándose de que "la democracia tiene un precio", aunque a nivel interno sus instituciones están lejos de practicarla. En 2025, la JCE distribuyó RD$2,400 millones a partidos con más del 5% de los votos. Nadie estaba dispuesto a gastar ni un centavo. Su negativa demuestra que, cuando se trata de preservar privilegios, no confían en nada ni en nadie.

La visión de Friedman sigue viva en las AFP, ARS y gran parte del empresariado

En el mundo empresarial contemporáneo ya no es sostenible garantizar que la única función de las empresas sea generar beneficios. El enfoque reduccionista de Milton Friedman –“la responsabilidad social de las empresas de maximizar sus beneficios” (1970)– supera las exigencias éticas actuales. Hoy en día, las marcas están llamadas a desempeñar un papel social activo en la búsqueda del bienestar colectivo y la sostenibilidad.

Sin embargo, esa visión sigue viva en la República Dominicana. Las AFP y ARS—a través de sus sindicatos, ADAFP y ADARS—generan miles de millones sin correr ningún riesgo comercial y sin asignar recursos a campañas de prevención de la violencia, salud mental o educación cívica. Su comportamiento responde fielmente a la lógica mercenaria: máxima utilidad sin compromiso social real. En países con niveles alarmantes de feminicidio, ¿qué les impide invertir en campañas de comunicación masiva que contribuyan a reducir tales tragedias?

Lo mismo ocurre con las instituciones financieras –Banco Popular, Banresservas, BHD, Scotiabank– que facilitan miles de ventas de automóviles cada año. Pueden invertir en educación sobre seguridad vial, movilidad sostenible y prevención de accidentes. Pero no es así. También los concesionarios de automóviles –Viamar, Santo Domingo Motors, Delta Comercial, Reid & Compañía, Autozama, Avelino Abreu, Autogermánica, Magna Motors– y las empresas de transporte –Caribe Tours, Metro, Expreso Bávaro, Transporte Espinal, TC– deberían tomar un papel activo junto a NTIN. Sin embargo, prefieren entregar toda la responsabilidad al Estado.

Estabilidad económica: un esfuerzo que debe ser colectivo

Cuando los precios del petróleo y las materias primas aumentan debido a la guerra, las tensiones geopolíticas o la especulación financiera, los países importadores enfrentan inflación, devaluación, tensiones sociales y mayores compromisos financieros. En este punto, la estabilidad no se construye a partir del conflicto partidista, sino de la responsabilidad colectiva.

Hoy, mientras el presidente Abinada se esfuerza por preservar la gobernabilidad, contener el costo de vida y mantener el crecimiento económico, CONEP, COPARDOM y AIRD deberían exigir menos al gobierno y motivar más a sus socios a no especular con los precios. Sólo entonces contribuirán con acciones –y no con retórica o súplicas paternalistas– a fortalecer la tan necesaria estabilidad y paz social del país.

El sector hotelero dominicano, acostumbrado a operar detrás de beneficios fiscales y beneficios estatales, no puede seguir actuando como un recurso infinito garantizado por otros para estabilizar el país. Mientras el presidente Abinada enfrenta shocks globales, presiones inflacionarias y malestar social, los grandes hoteles mantienen un silencio cómodo, casi calculado, como si la prosperidad del turismo no dependiera directamente de la paz social y la gobernanza interna. Es hora de que el sector deje de comportarse como un huésped de lujo y asuma su papel como actor estratégico en el desarrollo nacional. No pueden reclamar seguridad, infraestructura y estabilidad para sus invitados mientras permanecen ausentes del debate público y del compromiso social. El turismo no se sustenta en piscinas infinitas, sino en un país estable. Y se debe impulsar el sector hotelero de ese país.

La República Dominicana no puede avanzar con un sector privado que exige demasiado y aporta muy poco. En tiempos de incertidumbre global, la verdadera grandeza de una marca no se mide por sus ganancias, sino por su capacidad para asumir un compromiso moral con la sociedad que la respalda. El país necesita empresas, marcas y organizaciones políticas que comprendan de una vez por todas que la estabilidad nacional es una responsabilidad imperativa no del gobierno de turno, sino de todos los ciudadanos. El país del que se beneficia debe contribuir a su cuidado; Lo contrario no es neutralidad, es indiferencia disfrazada de éxito.

vejez

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Redacción - ACN

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