Caída del poder

El poder es una herramienta esencial para gobernar, pero también una dura prueba para la salud mental de quienes lo ejercen. Cuando la lucha por alcanzarlo o preservarlo excede los límites de la razón, deja de ser una profesión de servicio y asume el carácter de una obsesión.
El gobernante comenzó entonces a explicar la realidad en su afán de permanecer en el cargo. Las críticas son incómodas, los consejos de las personas más cercanas a usted son innecesarios y los asociados quedan sujetos a su voluntad.
Esta dependencia crea una sensación de omnipotencia que busca compensar la frustración o el vacío personal. El poder deja de ser una responsabilidad y se convierte en una necesidad para el gobernante.
La historia ofrece numerosos ejemplos de líderes incapaces de aceptar el cambio democrático, convencidos de que sólo ellos pueden controlar el destino de su país, aunque la realidad les diga lo contrario.
En República Dominicana, mientras se acerca un nuevo ciclo político y continúa el debate sobre la reforma constitucional, cabe recordar que las instituciones deben prevalecer sobre cualquier liderazgo.
Hay muchos gobiernos en el ámbito internacional que debilitan las instituciones, alimentan la polarización y prolongan los conflictos bajo la falsa impresión de que el Estado es enteramente suyo.
Sin embargo, y esto es muy común, al final del mandato de un presidente los privilegios desaparecen y muchos descubren que buena parte de su lealtad reside en el cargo y no en la persona.
Un verdadero estadista entiende que el poder pertenece al pueblo y su ejercicio es temporal. Quien no acepta la realidad sigue preso de la nostalgia del mando, mientras el proceso político sigue su curso.




