tiempo de tormenta

Hay momentos en la vida de una nación en que el ruido amenaza con silenciar la razón.
República Dominicana pasa por uno de ellos. En medio de desafíos económicos, preocupaciones sociales, debates sobre inmigración y las demandas legítimas de una ciudadanía cada vez más vigilante, el país necesita menos ecos de conflicto y más voces de comprensión.
Porque, al final, la democracia prospera no donde hay gritos extremos, sino donde hay diálogo divisivo. La gobernanza no se trata sólo de tomar decisiones; Implica escuchar. El presidente Luis Abinadar y su gobierno tienen la responsabilidad política y moral de mantener abierta la puerta del diálogo, explicar sus decisiones y escuchar el pulso de una sociedad que espera respuestas concretas.
Escuchar a la gente no disminuye la autoridad; lo fortalece. De manera similar, los partidos políticos de oposición cumplen una misión esencial cuando observan, cuestionan y proponen alternativas. Quejarse es un derecho inalienable en toda democracia.
Sin embargo, ningún deseo político puede justificar acciones o discursos que socaven el orden constitucional, porque la Constitución no pertenece a ningún gobierno ni a ningún partido: es republicana y protege a todos por igual.
La filosofía enseña que la verdad rara vez reside en los extremos. Aristóteles habló del término medio donde florece la virtud. También la política encuentra allí su mejor manifestación: el equilibrio entre autoridad y libertad, entre firmeza y sensibilidad, entre gobernar y escuchar. Y la poesía recuerda que una ciudad es como un río: puede agitar sus aguas, pero nunca salir de su cauce. Cuando el canal se rompe, el agua deja de dar vida y se convierte en inundación. La historia juzga con dureza a quienes alimentan el odio, pero honra a quienes supieron tender puentes en medio de las tormentas. La República Dominicana necesita líderes que comprendan este hecho y ciudadanos que defiendan sus derechos con firmeza, pero también con responsabilidad.




