Justicia y pobreza

La justicia y la pobreza son incompatibles. El primero disipa al segundo, como la luz disipa las tinieblas. Ciertamente, donde hay justicia no hay pobreza, porque es hija de la iniquidad. Si reina la injusticia, todo se corrompe y saca a relucir lo peor de las personas, es decir, sus instintos básicos y sus emociones excesivas.
Así, la sociedad se convierte en un pantano de agua estancada. Sólo produce bichos, insectos y otras plagas humanas.
La injusticia es siempre social, económica y política. Por tanto, es sistémico, estatal, institucional u orgánico. Es en estas regiones donde se extiende este pánico, aunque se manifiesta en distintas direcciones para los menos videntes.
Esto se debe a la interdependencia de la influencia mutua hacia el infinito, como arriba, abajo y viceversa. Y, en cada momento, va con él y va con él.
Así es como va. Tan simple y complicado al mismo tiempo. Hasta el punto que Confucio nos enseñó que donde hay justicia no hay hambre.
La pobreza aísla a las personas y las convierte en no personas a los ojos de los promotores de la miseria social. Y luego sufren de aporofobia crónica.
Además, la existencia de altos niveles de pobreza plantea un desafío para el sistema de justicia, ya que la igualdad ante la ley sólo puede ser efectiva cuando todas las personas tienen oportunidades reales de ejercer sus derechos. De lo contrario, la justicia es un privilegio reservado para quienes tienen mayor riqueza económica.
La pobreza no se limita a la falta de ingresos. También se refiere a dificultades para acceder a educación de calidad, servicios de salud, vivienda digna, empleo estable, etc. Estos déficits crean condiciones de vulnerabilidad que afectan el desarrollo personal y limitan la participación ciudadana.
En muchos casos, quienes viven en la pobreza enfrentan barreras para obtener asesoramiento legal, presentar denuncias o defender sus derechos básicos ante los tribunales. Una sociedad verdaderamente justa debe garantizar que todas las personas tengan acceso a la justicia independientemente de su situación económica.
Recordemos que esto requiere instituciones transparentes, independientes, eficientes y efectivas comprometidas con la protección de la dignidad humana y otros derechos fundamentales.
Sabemos que es fundamental fortalecer los servicios de asistencia jurídica gratuita, promover la educación cívica y eliminar las barreras económicas, culturales y geográficas que impiden a los sectores más vulnerables garantizar sus derechos. La justicia social nunca debe detenerse.
Así la justicia entrará por la puerta y la pobreza volará por la ventana.



