La verdad no tiene lados: las advertencias de Hivanjo ng Cortinas sobre la deuda pública dominicana
Hay temas que hacen ruido y otros que avanzan hacia el silencio. Los primeros aparecen en los titulares, incitan a la controversia y dividen la opinión. Esto último apenas llamó la atención, pero finalmente cambió la suerte de una nación. La deuda pública pertenece a esta última categoría.
Cuando una madre espera durante horas a que su hijo sea atendido en un hospital, cuando un agricultor pierde parte de su cosecha porque no puede competir debido a la deserción del campo del estado, o cuando miles de jóvenes abandonan la universidad con un título en la mano y sin oportunidades de empleo, hay una realidad que rara vez relacionamos con estas dificultades, el peso creciente de la deuda pública.
Con el paso de los años estamos acostumbrados a discutir cuánto debe el país. Escuchamos cifras de miles de millones de dólares y porcentajes del producto interno bruto como si fueran estadísticas comunes reservadas para los economistas. Sin embargo, después de conocer el enfoque del economista dominicano Haivanjo Ng Cortinas en su libro El latido de la deuda pública: ¿por qué el flujo importa más que el saldo?, me di cuenta de que estábamos viendo el problema desde el lugar equivocado.
La verdadera pregunta no es cuánto debe la República Dominicana. La pregunta que debería preocuparnos es cuánto dinero necesita recaudar el Estado cada año para pagar esa deuda.
La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la forma en que percibimos la realidad. Imaginemos una familia dominicana. Puede que debas diez millones de pesos, pero si tus negocios generan ingresos suficientes para pagar cómodamente tus compromisos, esa deuda no representa una amenaza inmediata. En cambio, otra familia puede deber poco más de un millón de pesos y vivir al borde de la ruina porque casi la totalidad de sus sueldos se destinan al pago de préstamos y tarjetas de crédito.
Con República Dominicana pasa exactamente lo mismo.
Cada peso destinado al pago de intereses y liquidado es un peso que ya no se invierte en hospitales, escuelas, carreteras, agua potable, seguridad civil o programas sociales. La deuda deja entonces de ser un número en un informe oficial y se convierte en una cama vacía en un hospital, en una mala escuela o en una comunidad olvidada durante años.
Éste es el gran aporte intelectual de Haivanjo Ng Cortinas. Antes de continuar con el tema, quiero aclarar algo: no se trata del partido político que representas, se trata de la importancia de lo que dices. ¡Vale la pena prestar atención y tomar medidas concretas!
Su tesis rompe con el análisis tradicional y dirige nuestra atención al llamado flujo de deuda, es decir, el flujo continuo de recursos del presupuesto nacional para pagar a los acreedores.
No es el equilibrio lo que asfixia a un país. Es un flujo constante de pagos. Más preocupante es cuando un gobierno necesita nueva deuda para cumplir con obligaciones anteriores o para cubrir déficits recurrentes. Es el mismo círculo vicioso de una familia que utiliza una tarjeta de crédito para pagar a otra. Por un tiempo parece funcionar, pero la realidad siempre pasa factura.
Haivanjoe Ng Cortiñas también presentó conceptos innovadores como el Indicador de presión del flujo de deuda (IPFD) y la Brecha de estrangulamiento fiscal, que busca medir cuánto espacio pierde el estado para invertir para su gente debido al aumento de las cargas fiscales. Detrás de estos nombres técnicos se esconde una profunda verdad humana: cuando el presupuesto se asigna cada vez más al servicio de la deuda, el país tiene menos recursos para construir el futuro. Y aquí quiero hacer una reflexión que creo imprescindible.
La verdad es que no tiene partido político. Las matemáticas tampoco. La deuda pública no distingue entre el gobierno de ayer, el de hoy o el de mañana. Ni siquiera pregunta por ideología. Su efecto alcanza por igual a quienes votaron por un partido u otro.
Cuando los presupuestos son ajustados, todos pagamos las consecuencias.
Por eso este debate no debería convertirse en un conflicto político, sino en una conversación nacional sobre responsabilidad fiscal, transparencia y visión de futuro. ¡Claro! Otro tema es la corrupción, el partido en el gobierno se convierte en empresario, pero no crea empleos sostenibles, no, lo que llamamos cuello de botella o empleos creados. Esto también aumenta la deuda. Entonces los dominicanos vivimos en un sistema de supervivencia o supervivencia.
Creo firmemente que los préstamos pueden ser instrumentos legítimos cuando financian trabajo productivo que genera crecimiento, empleo y bienestar. Lo peligroso es convertir la deuda en una respuesta automática para cubrir los gastos corrientes, para sostener a las personas a las que les paga el Estado sin presentarse a trabajar, para dejar la factura a las generaciones aún por nacer. En secreto estamos dejando a los jóvenes dominicos con cargas demasiado pesadas y serviles; Heredarán muchas de las decisiones financieras que hoy toma el Estado. Pagarán los "errores" que seguimos ignorando con sus impuestos y menos oportunidades.
Hoy el odio se refleja en la calidad de la educación que reciben nuestros hijos, los medicamentos que faltan en los hospitales, las carreteras que nunca son reparadas y las oportunidades que miles de dominicanos esperan.
Después de leer las Reflexiones económicas de Haivanjoe Ng Cortiñas, estoy convencido de que el peligro real no es sólo cuánto debemos. El riesgo real surge cuando ese servicio de la deuda comienza a consumir el presupuesto de modo que se reduce la capacidad del Estado para responder a las necesidades del pueblo.
Lo que queremos expresar de manera alarmante es que la deuda generada por nuestros gobernantes deja de ser un problema financiero o una deuda personal del partido en el gobierno y se convierte en un problema moral y precario para todos nosotros. Ningún país que aspire a construir un futuro digno debe permanecer ajeno a esa realidad. La sociedad dominicana debe ser muy cuidadosa y auditora social. Ellos, el gobierno-congreso, no pueden jugar con el destino de cada familia dominicana, ustedes y yo debemos hacer algo para detener esta práctica económica que nos asfixia de manera pasiva pero dolorosa.




