¿China superará a Estados Unidos?

Las predicciones sobre el inevitable declive de Estados Unidos comenzaron localmente en 1775, antes de su independencia, cuando los intelectuales ya debatían si su apogeo había pasado. Inmediatamente, el mundo abrazó esa profecía con el anhelo de verla cumplida. En el siglo XX, durante la Guerra Fría, la Unión Soviética y Japón fueron designados sucesores inmediatos, y China es candidata para el siglo XXI.
El músculo tecnológico e industrial que Beijing ha construido en un tiempo récord es innegable, pero parte del poder de Washington es inexpugnable. Estados Unidos despliega un poder blando sostenible a través de su magnetismo y dominio cultural, así como del inglés como idioma universal. Al mismo tiempo, ejerce un poder duro armado con el dólar como principal moneda de reserva y la fuerza armada más avanzada del planeta.
Garantizaba la autonomía energética y alimentaria. Es pionero en el ecosistema digital y tiene una ventaja inigualable en medicina, aviación y supercomputación. El comercio internacional sigue girando en torno a su poder adquisitivo y, como reserva, mantiene una influencia sobre América Latina que le confiere un potencial geoeconómico ilimitado.
En cambio, China es una potencia distante y oculta. Nunca será un imán para la inmigración debido al gran tamaño de su población, ni el mandarín será ampliamente adoptado por ciudadanos de otras naciones. Su punto fuerte es el suministro de bienes a precios asequibles y la inversión en países subdesarrollados, anteriormente descuidados por Occidente.
Sus límites son estructurales y difíciles de revertir, poniendo de relieve su alta dependencia energética y alimentaria, combinada con una baja productividad. Su PIB per cápita de 13.000 dólares está muy lejos de los 90.000 dólares per cápita de Estados Unidos. Beijing seguirá creciendo y compitiendo, pero la arquitectura general del poder global está diseñada en inglés.




