ENTRETENIMIENTO

Cultura de aplicación de la ley: un desafío pendiente en RD

La fortaleza del Estado de derecho no depende sólo de la calidad de su constitución o del número de leyes que componen su sistema jurídico. Depende, sobre todo, del compromiso de las instituciones y de los ciudadanos con el cumplimiento efectivo de estos estándares.

En los últimos años, la República Dominicana ha atravesado una importante transición jurídica. El Congreso Nacional aprobó reformas en materia electoral, administrativa, económica, penal y organizacional del estado. Este esfuerzo demuestra nuestra voluntad de actualizar nuestro marco regulatorio y adaptarlo a los desafíos de una sociedad cada vez más dinámica.

Sin embargo, la aprobación de nuevas leyes plantea una pregunta que rara vez nos detenemos a analizar: ¿estamos construyendo una verdadera cultura de aplicación de la ley?

A menudo atribuimos los problemas nacionales a la ausencia de normas. Pero la realidad muestra que en muchos casos el problema no es la falta de leyes, sino la aplicación inadecuada de las que ya existen.

El Estado social y democrático de derecho, tal como lo proclama el artículo 7 de nuestra Constitución, no se agota por la existencia de instituciones ni por la producción de leyes. Su esencia radica en la sumisión de todos –autoridades y ciudadanos– al sistema legal.

Este principio encuentra su máxima expresión en el artículo 6 de la Constitución, que consagra la supremacía constitucional y dispone que todas las personas, órganos que ejercen el poder público e instituciones están sujetos a la Constitución, ideal supremo y fundamento del ordenamiento jurídico del Estado.

Esta no es una declaración simbólica. Es un orden legal que debe ser cumplido.

La propia Constitución, en su artículo 138, establece que la administración pública debe funcionar en plena sumisión al ordenamiento jurídico regida por principios como eficiencia, objetividad, equidad, transparencia, publicidad, coordinación y buena administración.

Este orden constitucional fue desarrollado por la Ley núm. 107-13, sobre los derechos de las personas en relación con la administración y los procedimientos administrativos, es una de las normas más importantes para el fortalecimiento institucional del país.

La Ley 107-13 reconoce el derecho de toda persona a recibir retroalimentación oportuna de la administración, a motivar adecuadamente las decisiones, a recibir un trato igualitario y a cumplir estrictamente con la ley en todas las acciones administrativas.

Sin embargo, la práctica diaria muestra que uno de los principales desafíos es adherirse a estos principios.

Todavía encontramos instituciones que incumplen los plazos legales para atender las solicitudes ciudadanas; Trabajo administrativo insuficientemente motivado; procedimientos que no respetan plenamente el debido proceso; Y decisiones que se revisan sólo cuando intervienen los tribunales.

El problema, entonces, no siempre es la ausencia de valor. A menudo se debe a la ausencia de una cultura de legitimidad.

Lo mismo sucede en otros ámbitos.

La Ley General de Contrataciones Públicas establece los principios de transparencia, libre concurrencia, igualdad, publicidad y eficiencia. Pero estos principios adquieren verdadero significado sólo cuando cada organización los incorpora como parte de su cultura organizacional y no sólo como una obligación formal.

En el ámbito laboral, gran parte del conflicto surge no por la inexistencia de derechos, sino por el fracaso del sistema jurídico en cumplir con obligaciones reconocidas durante décadas.

Algo similar ocurre en los sectores tributario, ambiental, municipal o de tránsito. El desafío no es sólo crear nuevas normas, sino garantizar que todos respeten las normas existentes.

Y ese "todos" es importante.

Porque la cultura de la aplicación de la ley no puede ser exigida sólo por los ciudadanos.

El primer sujeto obligado a obedecer la ley es el propio Estado.

Cuando una institución pública actúa fuera del marco legal, incumple los plazos establecidos o ejerce sus competencias sin la debida motivación, no sólo viola derechos individuales. También socava la confianza de los ciudadanos en las instituciones.

Los funcionarios del gobierno tienen una responsabilidad especial. Gestionan los recursos públicos, ejercen las competencias que les confiere la ley y toman decisiones que afectan a derechos e intereses legítimos. Por tanto, sus acciones deben ser un ejemplo duradero de respeto al sistema jurídico.

Pero la responsabilidad también se extiende a los ciudadanos.

El respeto a las normas de tránsito, el cumplimiento de las obligaciones tributarias, la observancia de las normas de convivencia y el ejercicio responsable de los derechos forman parte de una misma cultura democrática.

No se puede pretender un Estado respetuoso de la ley si como sociedad asumimos que las reglas sólo deben obedecerse cuando hay una sanción inmediata.

La validez debe ser un estándar compartido.

El respeto a la ley en una democracia madura no nace del miedo al castigo. Nace de la convicción de que existen reglas para garantizar la convivencia, proteger los derechos de todos y brindar seguridad jurídica.

De ahí que el fortalecimiento institucional no dependa sólo de los congresos nacionales o de la aprobación continua de nuevas leyes.

Corresponde al Estado cumplirlas primero.

Depende de que los servidores públicos comprendan que la legitimidad forma la base de la acción administrativa.

Depende de que las empresas desarrollen verdaderas políticas de cumplimiento normativo.

Y depende, finalmente, de que cada ciudadano comprenda que respetar la ley no es una carga, sino una expresión de compromiso con la democracia.

La República Dominicana ha logrado avances significativos en la creación de un marco legal moderno. El gran desafío de esta generación ahora es consolidar una auténtica cultura de cumplimiento.

Porque la fuerza del Estado de derecho no se mide por el número de leyes publicadas en el boletín oficial.

Se mide por la confianza que inspira el cumplimiento de esas leyes.

Y esa confianza sólo será posible cuando comprendamos que la legitimidad no es responsabilidad exclusiva de los jueces, el Congreso o el Ejecutivo.

La validación es una responsabilidad compartida.

Esta es, quizás, la condición esencial para construir instituciones fuertes, una democracia más sólida y una República Dominicana donde la ley deje de ser un simple texto y se convierta verdaderamente en una forma de vivir en sociedad.

Hecho de Géminis

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Redacción - ACN

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