RD no está preparada para la próxima tragedia
La República Dominicana no tiene un problema de terremotos. Tienes problemas de preparación. Vivimos encima de una de las zonas sísmicas más activas del Caribe y, sin embargo, seguimos respondiendo a grandes emergencias con improvisación, equipo inadecuado y dependencia de la ayuda externa. Nuestra capacidad de respuesta es una deuda histórica que ninguna tragedia ha podido pagar.
Los acontecimientos recientes lo confirman firmemente.
El incidente más reciente, en el que un jet set cayó a la atmósfera, reveló algo más profundo que la tragedia: la insuficiencia operativa del Estado para responder a una emergencia compleja en tiempo real. No había suficiente equipo especializado para retirar los grandes escombros, ni suficientes escáneres para localizar a posibles supervivientes debajo de la estructura derrumbada. La respuesta terminó, en parte, dependiendo del influjo de apoyo de Puerto Rico, no sólo en personal capacitado, sino también en equipo necesario.
Ese escenario plantea una pregunta incómoda: ¿Cómo es posible que un país en una zona sísmica no tenga una autonomía mínima para responder a un colapso estructural a gran escala?
A esto se suma otra dimensión igualmente importante: la ausencia de un protocolo robusto y sostenible para la gestión de víctimas en situaciones de desastre. La capacidad forense es limitada, no hay suficientes patólogos y la infraestructura de la morgue no está preparada para el aumento de la mortalidad resultante de incidentes masivos. El manejo, identificación y preservación de los cadáveres se convierte en un obstáculo que aumenta la angustia y la incertidumbre de la familia.
No se puede olvidar el colapso del talud de la avenida 27 de Febrero, ocurrido en noviembre del año pasado. Las personas permanecieron allí durante más de cinco horas sin ser rescatadas. La escena final fue aún más reveladora: una grúa de una empresa privada resultó decisiva para retirar la gran masa de hormigón que bloqueaba el acceso de las víctimas. Una vez más, la improvisación reemplazó a la planificación.
Estos episodios, separados en el tiempo pero unidos por el mismo patrón, revelan una realidad estructural: la respuesta a las emergencias en la República Dominicana depende demasiado de la suerte, la solidaridad externa o la iniciativa individual, y muy poco de un poder estatal unificado.
El reciente terremoto en Venezuela ha vuelto a hacer saltar las alarmas en la región. Las imágenes de la devastación y la dificultad de una respuesta inmediata han mostrado algo que trasciende las fronteras: incluso en países dispuestos a ayudar, la falta de equipos, tecnología y suministros limitan la acción en los momentos más críticos.
La República Dominicana debería mirarse en ese espejo sin complacencia. No para crear alarma, sino para anticipar una verdad incómoda: la resiliencia no se desarrolla, se construye. Y se construye antes de la tragedia, no durante ella.
Porque cuando el suelo se abre o el hormigón cede, no hay discurso que sustituya a las grúas, ni voluntad que sustituya a los protocolos. Lo que queda es la capacidad real de responder. Y todavía está en construcción.




