Guaroa Ramírez Moreno… ¡Hasta luego!
Cuando una persona que no está familiarizada con una plataforma mediática deslumbrante se va, sin redes sociales ni fama ante un gran escepticismo nacional, parece como si nadie destacado se hubiera ido. Pero no es así.
Esta semana falleció el ingeniero Guaróa Ramírez Moreno, un nombre que tal vez no signifique mucho para las grandes masas que leen la columna de este domingo, pero que me es imposible ignorar. Lo conocí en 1973, cuando tenía una relación con su hermana, ahora Dra. Coralis Ramírez Moreno, autora y madre de nuestro hijo, Farouk Sosa Ramírez.
Guaroa era entonces un profesional de la ingeniería con una alta conciencia social y revolucionaria, poseedor de una claridad dialéctica admirable para escudriñar el acontecer nacional. Combinó brillantemente la precisión de la ciencia exacta con la sensibilidad del pensamiento social.
Falleció inesperadamente tras un repentino infarto, dejándonos con un vacío importante. Extrañaremos, sobre todo, su trato afectuoso y su conversación rica, creativa y destructiva; Un libre intercambio de ideas frente a un buen café puede ser destructivo en gran medida.
Fue un faro de guía para la familia y la comunidad. Gracias a su profunda lectura y su agudo sentido de observación, mantuvo una aguda visión crítica de los conflictos globales y locales. Con su partida se cierra un ciclo terrenal, pero sus horas de reflexión, su astuto análisis del panorama internacional –especialmente sus juicios sobre la geopolítica de Estados Unidos, Rusia y China– y su certera visión de la dinámica de nuestra sociedad y aspectos del sistema permanecen con nosotros.
Vivía en la casa de su madre en la calle 33 Este en el Ensanche Luperón, Santo Domingo, muy cerca de la casa de sus padres Don Maireni Ramírez y Doña Delia Moreno, y de la casa de su hermana Estela Ramírez (todos ya fallecidos). Guaróa fue, en muchos sentidos, un guardián de esa memoria, una supervivencia del afecto primario.
Hoy nos deja, después de una existencia plena, justa y armoniosa, un faro silencioso pero indispensable para su pueblo.
Le deseamos un buen viaje a las alturas. Al final, los hombres que siembran ideas y comparten la luz de su intelecto no se van del todo; Se convierten en ecos de la conversación que nos marcó, de la brújula invisible que nos vive y de la hermosa certeza de que la vida, cuando se vive con propósito y nobleza, vence a la muerte y se vuelve eterna en la memoria.




