Revuelta contra el centro de datos
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Durante años hemos hablado de Internet como si existiera en una nube mágica y nebulosa. Lo mismo ocurre hoy con la inteligencia artificial. Hacemos preguntas a un chatbot, creamos imágenes, resumimos documentos o realizamos tareas automatizadas y rara vez pensamos en lo que sucede detrás de escena. El problema es que todas estas ventajas digitales dependen de una infraestructura física muy real y cada vez más difícil de ignorar.
La fiebre actual por la inteligencia artificial ha desencadenado una carrera global por construir nuevos centros de datos cada vez más grandes y contradictorios por lo que representan, porque estamos hablando de grandes extensiones de terreno asignadas a proyectos que consumen agua, energía y otros recursos de manera desproporcionada con las comunidades circundantes, causan una contaminación severa y no provocan un calor generalizado.
Si bien la proliferación de centros de datos representa un progreso para la industria, para muchas comunidades representa una gran amenaza, y esto lleva a la gente a manifestarse activamente contra estas construcciones. El fenómeno está sucediendo en Estados Unidos, Chile y otros países donde las autoridades quieren atraer inversiones tecnológicas sin detenerse demasiado a evaluar los costos asociados.
La principal preocupación va más allá de ocupar espacio o generar contaminación. El verdadero punto de conflicto es el agua, y esto se explica por un hecho ya conocido: los centros de datos generan mucho calor y el medio para enfriarlos es el agua.
Miles de servidores funcionando permanentemente en un centro de datos requieren sistemas de refrigeración eficientes para evitar fallos y sobrecalentamiento. Dependiendo de la tecnología utilizada, esto puede requerir millones de litros de agua. A esto hay que sumar otro detalle que pocas veces sale a relucir en la conversación pública: gran parte de la electricidad que alimenta estas instalaciones también requiere su generación de agua. Es decir, el efecto es doble.
Por eso están empezando a llamar la atención casos como el de Utah, donde el inversor Kevin O’Leary quería construir uno en 40.000 acres. Todas las comunidades se preguntan si tiene sentido asignar tantos recursos para respaldar modelos de inteligencia artificial en un momento en que la disponibilidad de agua se está convirtiendo en un problema cada vez más grave. La discusión es particularmente relevante porque la industria tecnológica típicamente se presenta como limpia y sustentable, cuando la realidad es mucho más compleja.
En Chile la conversación tomó una dirección similar. Después de años de sequía y estrés sobre los recursos hídricos, varios grupos han cuestionado la expansión de los centros de datos en áreas donde el acceso al agua ya es una preocupación. La pregunta que plantean no es descabellada: si el agua es un recurso finito, ¿cómo decidimos quién la usa y para qué?
Quizás lo más interesante de todo esto es que incluso voces históricamente asociadas a la defensa ambiental están empezando a sumarse al debate. Erin Brockovich, conocida mundialmente por su lucha contra la contaminación del agua en California, ha expresado su preocupación por el impacto que algunas infraestructuras tecnológicas pueden tener en las comunidades y los recursos naturales. Cuando estas estadísticas del perfil entran en la conversación, es una señal de que el tema ya no es una cuestión puramente técnica.
Nos obliga a repensar algunas de las ideas que hemos dado por sentadas a lo largo de los años. La industria tecnológica nos ha condicionado a pensar que una mayor potencia de procesamiento siempre es algo positivo. Más inteligencia artificial. Más automatización. Más velocidad. Más información. Sin embargo, rara vez nos detenemos a preguntar cuáles son los costos reales de sostener este crecimiento insostenible.




