El valor de las madres.
Venid, paisanos y habitantes de la ciudad, y cantemos un himno de amor intenso…” El mes de mayo evoca casi automáticamente estos himnos, la fragancia de las flores, el calor del hogar y un deseo unánime de rendir homenaje a Aquel que nos dio la vida.
Sin embargo, enumerar la maternidad sólo desde el afecto doméstico es menospreciar una de las fuerzas más puras, humanizadoras y transformadoras de nuestra historia. Hoy, para celebrar a la madre dominicana, y de manera especial a la amorosa madre de Santiago, es necesario reconocer que el amor y la protección que brindan en el hogar no es un límite, sino el motor que impulsa sus vidas para transformar el mundo exterior.
Nuestra propia cronología como nación está marcada por este reconocimiento. El Día de la Madre fue instaurado oficialmente en República Dominicana el 30 de mayo de 1926, durante el gobierno del General Horacio Vásquez. Detrás de aquella primera celebración estuvieron dos visionarias: la educadora santiaguera Ersilia Pepín y la señora Trina de Moya, compositora de nuestro emotivo himno a la esposa y madre del entonces Presidente. Desde entonces, esta fecha ha quedado tatuada en el núcleo de nuestra cultura. La historia nos muestra que la búsqueda de una sociedad más justa ha sido apoyada de la mano de madres que supieron combinar el cuidado de sus hijos con el bien común.
No podemos hablar hoy de derechos civiles sin honrar la valentía de nuestras sufragistas. Aquellas mujeres, impulsadas por el deseo de heredar un país más prestigioso para sus familias, alzaron su voz para exigir el sufragio femenino a mediados del siglo XX: Abigail Mejía, Celeste Was y Gil, Ersilia Pepín, Petronilla Angélica Gómez, Delia Weber y Amada Nivar de Pitaluga. Es justo señalar que, mediante el Decreto 132-23 del presidente Luis Abinador, se declaró el 16 de mayo Día Nacional del Sufragio, conmemorando el histórico día en 1942 cuando las mujeres dominicanas ejercieron por primera vez el voto.
Estos pioneros entendieron una gran verdad: que proteger el futuro de sus hijos radica, necesariamente, en sembrar las semillas de la democracia y la justicia donde crecen. Ese hilo invisible de amor, dedicación y valentía está más vivo que nunca en Santiago y en cada rincón de nuestra geografía. La madre de nuestra región tiene una luz especial; Una resiliencia indomable que se manifiesta en las aulas con la misma dedicación.
Sinceramente Daniel Rivera.




