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Rafael Trujillo, de cuya sentencia de muerte se cumplen hoy 65 años, se convirtió en dueño de todas las riquezas materiales y espirituales de la República Dominicana y de la vida de todos sus ciudadanos, de las que podía disponer cuando quisiera. Sometió a los santos y a los altares. Su poder es inmenso.

Su reinado de terror sentó las bases de una sociedad de capitalismo atrasado, pero política y económicamente el Estado dominicano sirvió como propiedad del Sátrapa, su familia y sus aliados, incluida la infraestructura que construyó y las empresas que estableció o permitió instalar.

A la maestra, con cariño.

Durante ese período infernal de 31 años, ninguno de los privilegios fundamentales o accesorios tuvo validez, desde el derecho a la vida hasta la libertad de pensamiento, la libertad de prensa, la libertad de reunión, la educación, el matrimonio, los viajes o la propiedad.

Aún hoy se cree que esta satrapía garantizaba orden y seguridad al colectivo nacional, que nunca llegó a ser una sociedad organizada, sino una sociedad subordinada, sin darse cuenta de que existía una tiranía que tenía el monopolio del crimen y el robo que se ejercía con gran impunidad.

No había orden sin una sociedad sometida

Es falso que Trujillo predicara un Estado capitalista basado en el libre mercado, una combinación de capital con fuerza de trabajo, una superestructura legal que fomentaba la competencia empresarial y los derechos sindicales, a pesar de que construyó carreteras, puentes, escuelas, hospitales y edificios públicos.

Trujillo poseía el 99% de los monopolios que importaban y exportaban bienes de armerías, fábricas de clavos, fábricas de papel, ingenios azucareros, agroindustrias, líneas aéreas, empresas de vehículos, pero también granjas, caminos, calles, autopistas y hogares de todos los dominicanos.

El día que estaba a punto de ser asesinado, Trujillo visitó dos veces la Base Aérea de San Ysidro para inspeccionar la reparación de una tubería rota, lo que refleja el profundo sentido de propiedad del tirano sobre el Estado y sus ciudadanos, hasta el punto de que tenía control sobre los detalles más pequeños de sus operaciones.

La falsa narrativa que aún prevalece en gran parte de la sociedad dominicana, de que Trujillo vivió una vida mejor o que el régimen garantizaba la seguridad civil, se debe a que aún no se ha alcanzado una auténtica etapa de justicia, equidad y plena observancia de las leyes y los derechos civiles, pero sin embargo, la República nunca repetirá ese período de humillación.

Redacción - ACN

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