El ruido de la nostalgia y el vacío de las pruebas.

El reciente artículo de Héctor Minaya, que habla de la supuesta invisibilidad de los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2026, parte de una preocupación válida, pero tropieza cuando intenta sustentarla sin datos ni contexto. Un titular dramático, casi cinematográfico, que dice que el evento "no existe" en la conversación pública luce bien, pero sin métricas reales (estudios, redes o tendencias de encuestas) se disuelve en una suposición bien escrita. En periodismo, la intuición elegante no es suficiente; Sólo hace falta que los números no sean eso, perspicacia.
Las comparaciones con 1974 son más una nostalgia que un análisis serio. En aquella época, con tres canales de televisión y el público pegado al sofá, era fácil que todo el país sintonizara lo mismo. Hoy en día, con feeds personalizados y algoritmos que nos mantienen atrapados en burbujas, la atención está fragmentada. Juzgar el impacto de 2026 con reglas de hace 50 años es como medir Netflix con antenas de conejo de los años 70. No es que nos comunicáramos bien; No hubo escapatoria.
También es curiosa la forma en que se presenta la figura de José Monegro: se reconoce su trayectoria, pero luego se sugiere un "descuido estratégico" sin más pruebas. Un elogio con veneno. Organizar algo así no recae en un solo héroe o villano, sino en toda la maquinaria. Es fácil señalar con el dedo sin desmontar el equipo, pero periodísticamente es perezoso.
El artículo también coquetea con el drama en algunos puntos. Hablar de estadios vacíos y cifras de asistencia parece surgir más de la imaginación que de una investigación seria. Sin fórmulas ni comparaciones, estos números permanecen en el ámbito de las conjeturas. A esto se suma una creencia casi inquebrantable en la publicidad, como si la publicidad fuera suficiente para garantizar el impacto económico. Ojalá fuera así de simple. La realidad, como suele ocurrir, es mucho menos concordante: la logística, las infraestructuras y el turismo ofrecen tanto o más que cualquier campaña.
Al final, tras intensas críticas, las soluciones propuestas se basan en lo básico: contar historias, utilizar personajes públicos, poner relojes de cuenta atrás. Buena idea, sí, pero predecible. Quizás lo más interesante sea la contradicción subyacente: hablar de "apatía informativa" en una época donde abundan los mensajes y faltan filtros. El problema hoy no es el silencio, sino el ruido. En ese contexto, el artículo funciona bien como opinión (incluso como elegante desahogo), pero no se sostiene como análisis. Y cuando se quiere influir en la conversación pública, esa distinción, por incómoda que sea, es crucial.
Pero ¿qué podemos esperar si el propio autor admite que está "fuera de juego"?



