Emprendedores, no rellenos: cuando la innovación se olvida de las personas
Hoy participé de una actividad dirigida al ecosistema emprendedor. Me registré anteriormente, ya que se informó que la participación era gratuita, pero era necesario registrarse.
Al llegar no pude presentar el código QR. No me dejaron entrar a pesar de que me dijeron que estaba registrado. No hubo búsqueda por nombre, correo electrónico, número de teléfono o lista alternativa de participantes. Aparentemente no existía ningún protocolo para verificar el registro de otra manera.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿Por qué deberíamos registrarnos?
¿El registro representa realmente la preservación de la participación o simplemente demuestra la capacidad de aumentar el número, crear bases de datos y atraer gente?
La tecnología puede facilitar los procesos, pero nunca debe ser una barrera que elimine al individuo. Un código QR es una herramienta de acceso, no una identidad del participante. Si una organización promueve la innovación, el emprendimiento y la transformación, debe ser capaz de abordar situaciones básicas como una verificación de registro.
Innovar significa tener una opción B.
Esto significa asumir que una persona podría quedarse sin batería, perder el correo, no encontrar el código o tener un problema con su teléfono. Esto significa preparar a los empleados para escuchar, probar y resolver, en lugar de limitarse a repetir: "Sin QR no se puede entrar".
Los emprendedores invertimos tiempo, recursos, transporte, preparación y anticipación cuando realizamos una actividad. No somos números en una lista. No ocupamos sillas para una foto. No somos una audiencia atendida para validar agendas institucionales.
Somos personas que decidimos construir, muchas veces sin los recursos, el apoyo o el reconocimiento adecuados. Por lo tanto, al menos merecemos respeto.
Ese mismo día me encontré con otra situación que, aunque sucedió fuera de acción, está relacionada con el mismo problema: la falsa idea de que algunas personas tienen más derechos que otras.
Un coche de alta gama intentó adelantarme sin respetar mi turno. Cuando exijo mi lugar, él responde con altivez y me llama "viejo".
No fue sólo una expresión de mala educación. Fue una forma de discriminación por edad y un intento de descalificarme para justificar su abuso.
Un Volvo no da prioridad moral.
El valor de una persona no depende del coche que conduce, su ubicación, su apariencia, su cuenta bancaria o su edad. La verdadera división se demuestra respetando los turnos, escuchando a los demás y reconociendo la igualdad de derechos para vivir juntos.
Estas dos situaciones parecen diferentes, pero tienen una raíz común: la deshumanización.
En un caso, se colocó un dispositivo técnico a una persona registrada. En otro, una persona creía que podía conquistar a otra gracias a su vehículo, su actitud o una posición social asumida.
Ambas experiencias nos obligan a hablar del respeto como elemento esencial del emprendimiento y la ciudadanía.
No podemos promover la innovación mientras reproducimos la exclusión.
No podemos hablar de liderazgo en la humillación.
No podemos simplemente llamar a emprendedores para llenar el vacío y luego tratarlos como si fueran reemplazables.
No podemos hablar de transformación digital cuando la tecnología se utiliza sin criterio humano.
Un programa para empresarios debería comenzar mucho antes de la conferencia principal. Comienza por la forma en que se redacta la llamada, continúa con el registro, se presenta en recepción y vela por que se resuelvan los imprevistos.
La experiencia de los participantes también es parte del evento.
Por lo tanto, las organizaciones deben contar, como mínimo, con procesos de validación alternativos, personal capacitado para resolver excepciones, canales de atención claros y procedimientos respetuosos para manejar cualquier dificultad.
No se trata de permitir el acceso sin restricciones. Se trata de comprobar, escuchar y responder con sentido común.
Los empresarios no necesitan ninguna facilidad. Necesitamos reglas claras, procesos consistentes y un trato adecuado.
Y como sociedad no necesitamos más personas que confundan poder adquisitivo con superioridad. Necesitamos ciudadanos que sepan esperar su turno, reconocer a los demás y comprender que nadie vale más que el coche que conduce al espacio público.
Hoy escribo no sólo por una puerta que no pude pasar o por la ofensa que recibí. Escribo porque estas pequeñas experiencias revelan grandes defectos culturales.
El espíritu empresarial no puede utilizarse como discurso, imagen o relleno de agenda.
El emprendedor debe acompañar, escuchar y respetar.
Porque detrás de cada disco hay un hombre.
Detrás de cada proyecto hay sacrificio.
Y cada emprendedor tiene una historia detrás que merece ser tratada con dignidad.




