Peligrosa confusión entre popularidad y legitimidad
Anhelo una conversación legítima. Quienes estaban en el poder legitimaron sus acciones y contribuyeron al fortalecimiento de la paz social y la democracia. Me vienen a la mente don Rafael Herrera, el cardenal Nicolás López Rodríguez, Adriano Miguel Tejada, Radhames Gómez Pepin, Agripino Núñez Collado, entre otros que contribuyeron a la crisis social, laboral y política.
Los tiempos y las circunstancias cambian. Quienes no se adaptan están condenados o quedan en medio del camino. Vivimos en una época donde muchas veces se confunde notoriedad con autoridad, y visibilidad con capacidad de influir en decisiones que afectan el presente y comprometen el futuro del país.
muchacha red social Han democratizado la palabra. Hoy cualquier ciudadano puede condenar, cuestionar o defender una causa sin depender de los medios tradicionales. Esa victoria debe preservarse.
Pero democratizar no significa democratizar la autoridad. En nuestro país estamos cayendo en un peligroso engaño: sustituimos la conversación legítima por la más popular. Y no siempre son los mismos.
Los seguidores no equivalen a sabiduría; Las "opciones" no reemplazan la experiencia; Lo viral no convierte a nadie en representante de los intereses colectivos.
Cada vez más, dejamos que los algoritmos decidan a quién vale la pena escuchar. Y los algoritmos no distinguen entre verdad y falsedad, austeridad y mejora, interés público e interés especial. Premia sólo aquellos que generen mayor interacción. Y constituye un grave riesgo para la democracia.
Una sociedad como la nuestra necesita conversaciones legítimas: individuos e instituciones cuyas voces hayan ganado credibilidad gracias a su conocimiento, integridad, independencia, coherencia y compromiso con el bien común. No porque sean inocentes, sino porque han demostrado responsabilidad pública. Como cuando se hizo referencia "Hombre de palabras"
Un interlocutor válido no habla sólo por sí mismo. Escuchar, buscar, comparar información y comprender la complejidad del problema. Su autoridad proviene de su trayectoria y servicio, no de la cantidad de vistas que tiene un video.
Por lo tanto, cuando un gobierno diseña políticas públicas, no puede elegir su audiencia en función del tamaño de su audiencia digital. Deberías escuchar a las universidades, los centros de investigación, los sindicatos profesionales, las organizaciones de consumidores, las asociaciones comerciales, los sindicatos, las organizaciones comunitarias y las organizaciones de la sociedad civil.
En el caso de la República Dominicana, Consejo Económico y Social (CES)Una entidad establecida por la Constitución debe ser un órgano consultivo legítimo. Ninguna democracia seria puede reemplazar la discusión informada con ruido digital.
Esto no significa ignorar las aportaciones de muchos creadores de contenidos. Algunos investigan, informan y ayudan a formar ciudadanos mejor informados. Son valiosos aliados de la transparencia y la participación. Pero influencia no es lo mismo que validez.
Los efectos se pueden lograr rápidamente. La validez se construye con años de trabajo, constancia y responsabilidad.
La historia muestra que las decisiones nacionales importantes siempre requieren un diálogo capaz de representar los intereses colectivos, generar consenso y brindar soluciones informadas. Fortalece las instituciones y protege la democracia.
La República Dominicana necesita restaurar una cultura de diálogo donde la meritocracia vuelva a ocupar el lugar que nunca debió perder. Una sociedad que deja de distinguir entre quienes informan, quienes entretienen y quienes representan corre el riesgo de tomar decisiones por la emoción, no por la razón. La democracia necesita voces fuertes y confiables para decidir el destino del país.




