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A 60 años de su inauguración (as) | ACN

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Hace 60 años, el 1 de julio de 1966, luego de tomar posesión de su cargo ante la Asamblea Nacional, el Dr. Joaquín Balaguer asumió la presidencia de la República, restableciendo así el Estado de derecho quebrantado el 25 de septiembre de 1963.

Llegó a la primera magistratura del estado luego de una guerra fratricida que creó profundas heridas en el cuerpo social de la nación, derivando en una profunda división de la sociedad dominicana, que quedó devastada física y moralmente.

El autor es ex Canciller de la República y actual Presidente de la Fundación Joaquín Balaguer. Vive en Santo Domingo.

El primer párrafo de su discurso inaugural describe cómo el veterano político y estadista entendió la situación nacional: “Rara vez ha recaído sobre mis hombros el peso de una responsabilidad como la de los dominicanos. La implementación requiere mucho poder para sacrificar. Estamos ante un país y una administración prácticamente sumidos en el caos".

Con este fin, la nación que encontró el Dr. Balaguer era un país seriamente afectado por la inestabilidad política, la parálisis de la maquinaria productiva nacional y un grave deterioro de las condiciones financieras y del orden público.

Una serie de medidas anunciadas en el discurso inaugural, desde las primeras horas de gobierno, comenzaron a surtir efecto. El presidente Balaguer impulsó un programa de austeridad destinado a sanear las cuentas del Estado; Una reducción del gasto público, recortes salariales excesivos, medida que afectó al 9% de los empleados, ahorrando más de treinta millones de pesos mensuales; Suspendió los salarios de los servidores restantes y aplicó otras medidas destinadas a restablecer la confianza en la administración gubernamental.

Es bueno resaltar que la reducción salarial de los altos funcionarios incluyó la suya propia, la cual se fijó en RD$750.00 mensuales, durante la implementación de una política fiscal que buscó sentar las bases de la recuperación económica nacional.

Es innegable que durante su administración se impulsó una visión de Estado basada en la inversión pública, la ampliación de la infraestructura, el fortalecimiento de las industrias nacionales así como el fortalecimiento de la capacidad productiva nacional. A esta expansión contribuyeron leyes como la Ley de Fomento Industrial y la Ley de Zonas Francas.

Durante su gobierno se construyeron carreteras, puentes, represas, canales de riego, hospitales, escuelas, puertos y aeropuertos, caminos, el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte, el museo de la Plaza de la Cultura y la Biblioteca Nacional; Los jardines botánicos, los zoológicos y acuarios nacionales, así como los proyectos de vivienda que transformaron la geografía económica del país, facilitaron la integración de regiones aisladas.

Además de las obras antes mencionadas, las obras hidráulicas que incluyen grandes represas y sus sistemas de riego han permitido incrementar significativamente la producción agrícola nacional. La ampliación de la red vial, la Carretera Austral y el Circuito del Lago Enriquillo, entre otros, facilitó el comercio interno y el desarrollo de nuevos centros económicos.

Esta inversión pública, en su gran mayoría sin deuda externa, formó un pilar sobre el cual nuestra economía construyó el crecimiento económico que experimentamos posteriormente.

De manera similar, la propia Constitución de 1966, aunque tal vez no haya sido duradera y sujeta a cambios, así como las diversas reformas institucionales impulsadas durante ese período, contribuyeron a dotar al país de un marco legal y administrativo que duró décadas. Muchas de las estructuras estatales que sustentan el funcionamiento de la economía dominicana residen en decisiones tomadas durante esos años.

La Ley de Reforma Agraria fue promulgada para desmantelar el esquema colonial de tenencia de la tierra, para evitar futuros conflictos sociales que pudieran socavar la estabilidad, el crecimiento y el desarrollo logrados.

Asimismo, el presidente Balaguer impulsó principios de protección y restauración de los recursos naturales que fueron pioneros en América Latina. Su decisión de limitar la explotación indiscriminada de los bosques y proteger importantes cuerpos de agua, así como la declaración de áreas protegidas, contribuyeron a la preservación de recursos estratégicos para las generaciones futuras.

Hoy, seis décadas después de aquella histórica juramentación y a casi 24 años de su desgarradora muerte, la figura política del Dr. Joaquín Balaguer continúa ocupando un lugar importante en el debate nacional. Sus gobiernos están sujetos a análisis desde múltiples perspectivas políticas e históricas. Sin embargo, existe un amplio consenso creciente en reconocer que muchas de la infraestructura física, los fundamentos institucionales y las visiones de desarrollo que sirven como base del actual modelo económico dominicano comenzaron a converger durante su administración.

Sesenta años después, el legado de aquel 1 de julio de 1966 sigue presente en las carreteras que unen al país, en las represas que alimentan la producción agrícola, en los aeropuertos y puertos que nos conectan con el mundo exterior, en las instituciones que sostienen la vida republicana y en el sentido de que el desarrollo nacional requiere de una estrecha alianza, entre inversión política y privada, así como entre inversión pública y privada. La historia juzga a los hombres públicos por la huella que dejan en su nación y, en ese sentido, desde la construcción de la democracia dominicana y de la República Dominicana moderna y actual. La huella de Joaquín Balaguer sigue siendo parte integral de lo que disfrutamos hoy.

Esta estrecha síntesis de los logros del estadista más destacado de nuestra historia contemporánea puede alentar al lector a explorar más de cerca las obras y escritos del difunto presidente.

En mi opinión, el Dr. Balaguer, un conservador moderado, una condición cada vez más difícil de encontrar en nuestro mundo moderno, tenía las palabras y las ideas de un estadista más que de un político, una clase cuyas filas están hoy aún más erosionadas que antes. Si bien sus obras, especialmente sus escritos políticos, constituyen una fuente importante para nuestro estudio de la historia política contemporánea, también demuestran que sus ideas y sabiduría son atemporales: basta con mirar el abuso de poder y la corrupción.

Finalmente, incluso aquellos que hoy no están de acuerdo con él no pudieron evitar admirarlo. Con el doctor Balaguer, lo mismo le sucedería al político y estadista Marco Tulio Cicerón: "Cuando ya era viejo, Octavio, ahora emperador Augusto, vio un día a su propio nieto leyendo una obra de Cicerón. El niño, sorprendido por un libro escrito por alguien, tuvo miedo; pero su abuelo Augusto intentó matar el libro. Y, después de leer un largo volumen delante de él, por temor a su hijo, se lo dio. Volvió y dijo: 'Un hombre sabio, mi hijo es un hombre sabio y amante de su país.

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Redacción - ACN

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