POLITICA

PRM SD Este (OPINIÓN) | Un error estratégico o inmadurez de ACN

En la política dominicana, pocos temas son tan contradictorios como el conflicto entre el éxito en la gestión pública y la fragilidad del poder interno. Eso parece estar sucediendo con Dio Astacio, un alcalde cuya aprobación es casi unánime, pero que enfrenta resistencia dentro de su propio partido.

El escenario no es nuevo en la historia política, pero es profundamente revelador. El liderazgo que conecta con la gente, que demuestra resultados y que se posiciona como un activo electoral importante debería, en teoría, ser protegido, promovido y fortalecido por su organización.

Sin embargo, en la práctica ocurre lo contrario: es controvertido, limitado y en algunos casos abiertamente conflictivo. No hay diferencias ideológicas importantes ni visiones de desarrollo contrapuestas detrás de este conflicto. Detrás de esto hay algo más mundano: distribución del poder, empleos, cuotas.

Dio Astacio heredó una estructura administrativa superpoblada, con miles de empleados atados a equipos, lo que redujo significativamente la capacidad de los líderes que demandaban espacio para atender las demandas. Y en política, esta incapacidad –por estructural que sea– se traduce en malestar.

Dio Astasio

Así, lo que no se puede resolver mediante la gestión se convierte en un conflicto político. Pero lo realmente inquietante no es el origen del conflicto, sino su lógica (o la falta de ella).

¿Qué significa debilitar el principal activo político del municipio más grande del país? ¿Qué cálculos estratégicos justifican confrontar a quienes tienen legitimidad social, visibilidad y poder de movilización electoral?

Figuras como David Collado y Carolina Mejía con claras aspiraciones nacionales parecen estar avanzando en un ámbito más amplio. Pero incluso en ese contexto, es difícil entender una posición contraria a la división de Astacio, y mucho menos agregarla; Lejos de unificarse, se desmorona y puede pasar factura mañana.

Y hay una pregunta más matizada, una que está empezando a girar silenciosamente en los círculos políticos municipales: ¿Creen quienes hoy enfrentan a Astacio que pueden presionarlo hacia una decisión limitante?

La historia reciente proporciona un precedente. El propio presidente Luis Abinadar logró articular acuerdos estratégicos, incluidos entendimientos con sectores vinculados a Lionel Fernández, para allanar el camino hacia el poder.

Las alianzas en política no siempre son ideológicas; A menudo son el resultado del estrés, la exclusión o los cálculos de supervivencia. ¿Qué pasa si el escenario se repite? ¿Y si, acorralado por su propio partido, un liderazgo con gran aprobación se ve obligado a encontrar otras formas de asegurar su viabilidad política para 2028? Esta no es la primera vez que un equipo despide a uno de sus activos más valiosos, por acción u omisión.

La pregunta entonces deja de ser individual y se vuelve colectiva: ¿están midiendo con precisión las consecuencias de este conflicto? Porque lo que está en juego más allá de las tensiones internas es la cohesión del equipo, la capacidad de competir y la estabilidad futura. Debilitar un liderazgo fuerte no sólo afecta al individuo; Corroe las estructuras que dependen de él.

Mientras tanto, en las bases crece otro sentimiento igualmente peligroso: entre los dirigentes que se sienten desatendidos, sus demandas se deciden en realidad donde se toman las decisiones, que es el Presidente de la República.

Se organizan, presionan, "se confabulan", pero no necesariamente contra el centro real del poder, donde radica su odio y su problema, sino contra quien está más cerca de ellos. El resultado es un círculo vicioso: más división, más resentimiento, menos cohesión. Y en medio de todo, la gran pregunta sigue sin una respuesta convincente: ¿Cuál es la lógica de este conflicto?

Es difícil de encontrar cuando se observa desde la racionalidad política. Esto es más difícil de justificar cuando se analiza desde una perspectiva de estrategia electoral. Y si se analizan los intereses colectivos del partido, el panorama se vuelve alarmante.

Quizás, como algunos sostienen en voz baja y otros ya han comenzado a decir públicamente, esto no sea un movimiento calculado, sino algo más simple y peligroso: una manifestación de inmadurez política. Porque cuando un partido decide -consciente o inconscientemente- socavar a la persona que puede conseguir la mayor cantidad de votos, no es una muestra de fuerza, sino de debilidad.

Y la historia, siempre inexorable, suele pasar factura por esos errores.

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Redacción - ACN

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