Vender humo al pueblo sale caro (OPINION) | ACN

El autor es político y comunicador. Reside en Santo Domingo
Desde su primer año de gobierno, el presidente Luis Abinader ha insistido reiteradamente en que el país debe olvidar el pasado, que no conviene mirar hacia atrás para que nadie se convierta en estatua de sal, como le sucedió a la esposa de Lot.
Sin embargo, detrás de esa aparente exhortación bíblica se oculta un propósito mucho más evidente: intentar borrar del imaginario colectivo la gigantesca obra material e institucional que dejaron como legado los gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana, particularmente bajo las presidencias de Leonel Fernández y Danilo Medina, durante los veinte años en que condujeron los destinos del Estado dominicano.
Pero para edificar debidamente al pueblo —y para desmentir las fantasías de quien hoy parece haberse especializado en el arte de vender humo— vale la pena recordar la importancia que el pasado tiene para la comprensión honesta de la realidad.
Así lo explica con admirable lucidez el insigne pensador español Julián Marías, el más aventajado discípulo del gran maestro José Ortega y Gasset, quien en su obra La España real nos deja este pasaje revelador:
“Cuando se miren retrospectivamente los años que acaban de pasar -que están todavía pasando-, se advertirá que ha habido una distancia mayor que la normal entre la realidad y su imagen pública, entre lo que había y pasaba y lo que se decía. podemos tener ya una prueba de ello: los grandes “temas” que han ocupado el centro de la atención en estos últimos años se han ido olvidando a medida que ha ido pasando su oportunidad, que han rendido el beneficio que de ellos se esperaba. Casi nadie quiere recordar lo que ha dicho hace pocos años, porque es insostenible, y de ese modo se descubriría la constante deformación de la realidad que se ha estado cometiendo; se prefiere confiar en la mala memoria, que suele venir en ayuda de la mala conciencia.”
A la luz de esta reflexión, recomendar que no se mire hacia atrás sería el mejor jarabe para intentar borrar de la memoria colectiva aquellos veinte años dorados de crecimiento, estabilidad y transformación nacional.
Pero este gran pensador no se detiene ahí. Vuelve sobre el mismo tema con una advertencia que hoy resulta aún más pertinente:
“El fabuloso crecimiento del mundo hace posible esta maniobra. La letra impresa representa volumen tan colosal, que es imposible repetirla, reproducirla, recordarla; añádase a esto lo que significa la radio y, mas aun, la televisión; la palabra hablada pasa, después de hacer su efecto, y en la práctica se desvanece y vuela, en una total impunidad. El viejo dicho “calumnia, que algo queda” ha alcanzado dimensiones planetarias; y, si no me engaño, es el primer obstáculo que va a encontrar la humanidad para salir al mar abierto”.
A la luz de estas palabras, se comprende mejor cómo comenzó este experimento político. El eslogan “El cambio va” fue, en realidad, la primera lección de un aprendizaje acelerado en el oficio de vender ilusiones. Hoy, esa destreza comunicacional parece haberse transformado en toda una profesión.
Pero el cambio —como ocurre con todo en la vida— puede producirse de dos maneras: de fuera hacia dentro, cuando cambian las cosas; o de dentro hacia fuera, cuando cambia el hombre. Y el cambio verdaderamente decisivo es el segundo.
Sin embargo, el presidente ha decidido no emprender ese cambio interior. Ha preferido ejercer con diligencia su ya perfeccionada profesión de vendedor de humo, una actividad quizás rentable en términos propagandísticos, pero profundamente insuficiente para redimir al pueblo dominicano de los graves males que hoy lo aquejan: la inmigración ilegal haitiana, la pobreza persistente, la creciente inseguridad, el encarecimiento de los alimentos, la corrupción, la impunidad y el acelerado deterioro de las estructuras institucionales de la nación.
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