¿Fue aposta?

La madrugada del domingo pasado en el Estadio Panamericano de
Béisbol de Guadalajara, los Charros de Jalisco y los Tomateros de Culiacán escribieron una de las páginas más intensas, dramáticas y memorables de la historia reciente de la Serie del Caribe.
Fue un partido cargado de emociones, giros inesperados y tensión absoluta, reflejo fiel de un evento que se ha consolidado como el mayor patrimonio competitivo del béisbol caribeño.
El juego que otorgó la corona de la Serie del Caribe 2026 a México
Rojo (Charros) se definió en 10 entradas, 12-11, tras dos lanzamientos descontrolados del pítcher Guadalupe Chávez luego de dos outs.
Un final tan impactante como simbólico, propio de una Serie del Caribe que nunca defrauda y que convierte cada edición en un espectáculo global seguido con pasión por millones de fanáticos.

¿Fue aposta?
¿Adrede?
¿Se quebró el lanzador ante la presión monumental de 11,767 aficionados que colmaron el estadio? Tal vez nunca lo sabremos. Pero esa es precisamente la grandeza del béisbol y, sobre todo, de la Serie del Caribe: un torneo donde la gloria y el infortunio conviven en segundos y donde cada jugada puede transformarse en eternidad.
Una vez más, la Serie del Caribe cumplió su rol histórico de regalar momentos imborrables y de reafirmarse como vitrina suprema del talento latinoamericano.
El campeonato representó el primero para los Charros de Jalisco en Series del Caribe y el primero para su dirigente Benjamín Gil, quien además protagonizó un hito emocional al compartir la corona con su
hijo Mateo, emulando la hazaña histórica de Felipe Rojas Alou y su hijo Moisés con los Leones del Escogido en Miami 1990.
Detalles como este engrandecen aún más el valor humano y simbólico del certamen.
Más allá de cualquier interrogante inicial, el título de los Charros de Jalisco es incuestionable y merecido. Su entrega, disciplina y temple competitivo los consagraron como dignos campeones de una Serie
del Caribe organizada con excelencia, seriedad y visión internacional.
Igual reconocimiento merece el conjunto de los Tomateros de Culiacán, subcampeones del béisbol mexicano, que asumieron con gallardía el reto de representar el torneo en sustitución de Venezuela.
Bajo el mando de Lorenzo Bundy, Compitieron con honor y ambición, quedando a las puertas de una hazaña histórica, sólo alcanzada por los Tigres del Licey en Santiago 2008.
Mención especial y aplauso cerrado para los organizadores de la Serie del Caribe 2026, quienes montaron un evento ejemplar, de alto nivel logístico, competitivo y mediático. Estadios llenos, ambiente
festivo, orden, seguridad y béisbol de primera categoría hicieron de Guadalajara una sede impecable. La Serie del Caribe no sólo salió fortalecida, sino también engrandecida.
Una vez más, la Serie del Caribe demostró que no es sólo un torneo, sino una celebración cultural, deportiva y emocional que une a los pueblos del Caribe y de Latinoamérica alrededor del juego que nos identifica.
En Guadalajara, el béisbol ganó, la historia creció y la Serie del Caribe reafirmó su sitial de grandeza.
Por: Héctor García
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